| DOS
MINUTOS CON MIKEL
¿Dónde
reside?
Siempre
he vivido en Donostia.
¿Qué
es una ciudad de paso, un estado anímico más bien?
Sí,
puede serlo. A mí me encanta viajar y creo que cada ciudad, en su
momento, aunque sea una ciudad de paso, también es tu ciudad durante
horas, días o semanas. Es una manera romántica de denominarlas.
Para mí, la única que no es de paso es Donostia.
En
sus conciertos, ¿toca algo de Duncan Dhu? ¿Se lo piden?
Sí,
aunque depende del tipo de concierto que se trate. En recintos pequeños
y de pago, donde se que está mi público, toco una o dos canciones,
y si se trata de espacios abiertos, toco más, porque el público
es de otro tipo…, pero nunca más de cinco o seis.
La
separación del dúo integrado por Diego Vasallo y usted ya
es un hecho, pero ¿cómo quedó la cosa? ¿Con
o sin derecho a roce?
Con
derecho a roce, a mucho roce.
¿Cómo
es el recuerdo de su antigua banda, como el de una antigua novia con la
que siempre se puede regresar… o no?
No,
mejor no. El recuerdo es buenísimo, no tengo un recuerdo malo. ¿Posibilidad
de regresar? La puerta está absolutamente abierta, lo que ocurre
es que ahora mismo Diego está muy alejado del rock.
Además
de construir dos sólidas carreras musicales ha tenido tiempo para
cursar la de Arquitectura; ¿Qué es más difícil,
proyectar un edificio o levantar una canción?
Proyectar
un edificio es muchísimo más complicado, al meno para mí,
pero las dos cosas encierran mucho de ejercicio de creación artística.
Ese es el punto de conexión de la música y de la arquitectura.
Aunque es una carrera que tiene muchísimas asignaturas técnicas,
alejadas de lo que se entiende por arte, me gusta pensar que es una de
las pocas que miran hacia la faceta más artística que todos
llevamos dentro.
Cinco
discos en solitario después ¿por qué tituló
“Naufragios” a su primer CD o “Acróbatas” al tercero?
Siempre
me ha gustado que los títulos de mis álbumes sean más
ácidos que los de Duncan. Todos tienen su punto de acidez, aunque
quizás últimamente me esté suavizando.
¿Y
cómo es el abrazo de un erizo? ¿Pincha?
Sí,
mucho, tal vez de todos los que he grabado, sea ese mi disco favorito.
Surgió cuando estaba en la frontera de los treinta, a punto de cumplirlos,
y es un álbum hecho con mucha mala hostia. Llevé fatal el
hecho de llegar a la treintena, mucho peor que lo que estoy llevando al
acercarme a los cuarenta. Cuando los cumplí, me sentí mucho
más mayor que ahora que tengo treinta y nueve. Sí, me emparanollé
mucho. “El abrazo del erizo”, el disco entero, habla de eso, del paso del
tiempo.
Se
dice que nos hacemos viejos cuando se empiezan a cumplir veinte años
de ciertos acontecimientos. ¿Es este, el paso de los años,
el auténtico grito del tiempo? ¿Qué quiso decir con
esa frase: “El grito del tiempo”?
La
verdad es que fue un título premonitorio. El tiempo es algo que
siempre me ha obsesionado, que cada vez me obsesiona más y lo llevo
peor. Hablar de su transcurrir, de la edad y de la muerte es algo que me
agobia mucho y que incluso me produce pesadillas.
¿Tras
más de dos décadas sobre los escenarios, está de vuelta
de todo o yendo todavía?
No,
todavía yendo.
¿Hacia
dónde?
No
lo sé muy bien.
La
última: “Éxitos” es el título de su nuevo trabajo.
¿Cuál ha sido su gran éxito vital? ¿Está
aún por llegar?
Pienso
que haber llegado hasta aquí, llevar casi veinte años en
el mundo de la música, que todavía me hagan entrevistas,
que venga gente a los conciertos, que en mi cabeza continúen bullendo
ideas… He aquí mi gran éxito
Entrevista
realizada para el diario GARA en 2004
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